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Actualmente estudiante de filosofía del ITESO, Ángel forma parte del equipo de investigación de Dog Dog. A través de las experiencias con su propia manada de perros y gatos, nos comparte sus reflexiones sobre los animales y el mundo de la filosofía, en una interesante mirada al universo con una perspectiva única.

¿Aristóteles? ¿Acaso el título es una broma? Aunque así lo parezca, pensé en elaborar este artículo que es lo más serio posible tras una de mis visitas a Dog Dog. Y es que justo cuando pasaba por la puerta de entrada, uno de los perros (uno bastante grande, cuyo nombre no puedo recordar),empezó a ladrarme y a verme un poco feo, casi como si tuviera la intención de lanzarse sobre mí. Afortunadamente y como dice el dicho: “perro que ladra no muerde” y no tuvimos la menor complicación.

Sin embargo, el comportamiento no fue lo único que llamó fuertemente mi atención, sino lo que su entrenadora le decía mientras ladraba: “Autocontrol…autocontrol… recuerda lo que estuvimos trabajando”.

Como ustedes saben, soy filósofo de formación; no obstante, soy historiador por afición… y la historia, especialmente la historia de la ciencia y la filosofía, ejercen sobre mí una fascinación sin igual. En la universidad, los cursos que más disfrutaban eran aquellos de historia, donde se abordaba una época y sus principales exponentes. Pero, ¿qué le da sentido a todo esto? Pues justamente que, escuchar la voz que repetía esas palabras me hizo recordar a uno de los grandes clásicos de la filosofía y una de sus propuestas fundamentales: La autarquía.

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Se preguntarán ustedes ¿a qué gran filósofo me refiero exactamente? Pues nada menos que a Aristóteles, el discípulo de Platón. Aunque no soy gran experto en el pensamiento de aquel gran señor y pese a que la clase universitaria en la que peor nota obtuve en la facultad fue esa, siempre que pienso en Aristóteles recuerdo la autarquía.

Para aclarar este último término raro llamado “autarquía”, diré que que Aristóteles pensaba que todas nuestras acciones van dirigidas hacia la felicidad ya que de acuerdo a este filósofo, la felicidad es el fin último que todas ellas persiguen. El problema se encuentra, como él mismo hace notar, que todos definimos y asociamos la felicidad con estímulos distintos; por ejemplo, algunos la asocian con el placer y la riqueza. Otros, en el polo opuesto del asunto, la asocian con la supresión total del deseo.

Aristóteles se sitúa justo en el medio, no pensaba que para ser felices debemos obedecer al deseo, pero tampoco le parecía que la mejor de las opciones era negarlo. Él pensaba (muy acertadamente a mi parecer), que debíamos aprender a ser dueños de nosotros mismos y eso, precisamente eso es la autarquía.

El autárquico no se deja llevar por la riqueza, no se deja gobernar por los placeres ni se doblega ante la pobreza, entiende que en la vida lo que nos sucede es cambiante y pasajero, por lo cual aunque lo queramos o no, escapa de nuestro control. Y es que hay algo que no escapa de nuestras manos y esto es: Nosotros mismos.

El viviente que es feliz y que es autárquico, sabe ser dueño de sí mismo y por ello no se deja gobernar por lo externo. A su vez, esto le posibilita enfrentarse con calma y autocontrol a las distintas situaciones que la vida le presente. Y no es que no disfrute de la vida o de la riqueza o de la buena salud (hablando en términos humanos), sino que entiende que pueden abandonarnos con facilidad y por tanto no debemos depender de ellas.

Aristóteles usaba como ejemplo a su maestro Platón, que ni siquiera al ser vendido como esclavo perdió el control de sí mismo.

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Lo anterior ha sido para explicar cómo cuando alguien busca que entrenen a su mejor amigo peludo, a menudo quiere que le enseñen todo, desde hacer sus necesidades en el lugar correcto, hasta los trucos más complicados. En ocasiones la gente espera que su perro sea muy competente para todo, pasando por alto el tema de que se controle primero, porque esto pareciera poco importante.

Para mí, sin embargo, el autocontrol, la autarquía, el ser dueño de sí mismo, debería ser lo fundamental tanto para los humanos como para no humanos, sencillamente porque en su ausencia todo lo demás que se puede hacer, saber o aprender, corre el riesgo de perderse en la nada por ausencia de autarquía o, incluso, puede volverse contra nosotros y contra los demás.

El problema con la autarquía es que no se puede ni medir ni enseñar, es de esas cosas que sólo se aprenden poniéndolas en práctica. Aún no hay porcentajes ni estadísticas que alcancen para medirla porque los términos de la autarquía son absolutos: se es o no se es, además de que la única manera de aprenderla es someterse a situaciones que la demanden y deben ejercitarse para no perderse una vez obtenidas.

Con esta reflexión y pese a las dificultades que presenta, como lo vi en Dog Dog con el perro que ladraba, pienso que Aristóteles y su autarquía pueden ser de gran ayuda para humanos y perros y que en la medida en que vivamos cada momento y pongamos atención a esos detalles, podremos ser más felices y estar en armonía con nuestro mejor amigo peludo.

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