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Actualmente estudiante de filosofía del ITESO, Ángel forma parte del equipo de investigación de Dog Dog. A través de las experiencias con su propia manada de perros y gatos, nos comparte sus reflexiones sobre los animales y el mundo de la filosofía, en una interesante mirada al universo con una perspectiva única.

Hoy les quiero compartir una historia que involucra a mi perrita Peach y a un curioso juego que descubrimos juntos ya hace algunos años. Mi historia con Peach se remonta a bastante tiempo atrás y desde que llegó a mi vida ha sido muy apegada a mí; celosa y hasta algo agresiva con otros animales, Peach ha hecho lo que sea por ganar mi atención y cariño. Le encanta dormir en mis piernas y eso, debo decir, le da una excelente posición para morder a cualquier intruso.

A sabiendas de este comportamiento, mi familia descubrió hace tiempo un juego interesante capaz de poner al mejor amigo del hombre en su contra. El juego comienza cuando alguien pone su mano en mis piernas, lo que hace enojar a Peach, quien intenta defenderme con todas sus energías. Para lograrlo, empieza por ladrar y tirar mordidas a quien visualiza como el agresor. La parte divertida de esta historia viene cuando, en lugar de seguir actuando como perro guardián, comienza a dirigir las mordidas hacia mí.

Aunque para mi es bastante gracioso, admito que el juego tiene sus bemoles, pues ha habido ocasiones en que ha resultado doloroso, aunque nunca me ha ocasionado un daño serio. Y es que no importa las innumerables veces en que he intentado enseñarle que no es a mí a quien debería morder, sino a mis agresores, mis esfuerzos son completamente inútiles. Admito que hemos tenido algunas victorias en que Peach llega a morder a quien la provoca, por desgracia estos casos son marginales, pues no llegarían ni a un 10%.

Es cierto que a muchos parece encantarles este juego y siempre me preguntan ¿por qué te muerde a ti en lugar de a los demás? A lo que honestamente contesto diciendo que no lo sé. En lo personal me agrada pensar que cuando Peach me muerde, lo hace para demostrar que de alguna forma tiene una pertenencia conmigo, porque de cierta manera posee una exclusividad conmigo y es como si les dijera a los demás: ¡No lo toquen! ¡Es mío y no lo voy a compartir!

Tal vez el problema principal resida en que como humanos creemos entender a los perros, pero muy probablemente no es así y lo que pasa es que buscamos catalogar su comportamiento y luego creemos entenderlo. Siempre he pensado que para minimizar esta conducta, una buena estrategia es observar y describir el comportamiento perruno con la menor interferencia humana posible. Lo cierto es que nunca vamos a ser perros y, por lo tanto, nunca comprenderemos el entorno completamente como ellos lo hacen; al ser conscientes de esto, podemos entonces dejar de pretender que son iguales a nosotros.

En cuanto a Peach y a mí, ya no jugamos tanto el juego del “perro guardián”, pues todos sus males la hacen agitarse mucho a la hora de jugar, aunque parece disfrutarlo bastante especialmente por la atención que recibe de todos cuando practicamos dicha dinámica.

Puedo decir que, independientemente del significado que ella le da a este juego, tengo la certeza de que Peach ha sido una excelente compañera durante muchos años, aunque visto como humano pareciera ser el peor guardián que se pudiera tener. Además de pequeñita y gorda (lo que no es particularmente útil a la hora de ahuyentar o combatir enemigos), parece no entender la idea de perro guardián y suele inclinarse a la subversión, que resulta ser todo lo contrario de lo que debería constituir un auténtico guardián.

Pese a todo guardo esperanzas, sé que si quiero que Peach se convierta en un perro guardián de verdad (para lo que muchos me sugieren ir corriendo, aunque sospecho que no podré hacerlo de esa forma porque ando en silla de ruedas), creo que debo ir a Dog Dog para que le den las lecciones adecuadas. Muchos pensarían ¿está Peach muy vieja para este objetivo? A lo que los expertos me contestan: ¡No! Siempre se puede enseñar trucos nuevos a un perro viejo.

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